sábado, 12 de septiembre de 2009

Viaje al extravío


Arde la noche de Pozuelo y cómo corre la sangre iluminada por la hoguera, mientras la Policía, acorralada por una jauría de perros, trata de salvar su pellejo. Lo de Pozuelo fue una «razzia» adolescente, una declaración de guerra, un viaje nebuloso, absurdo y violento al extravío. Para la historia y sus diccionarios quedó registrado aquel tiempo en el que la basca universitaria lanzaba adoquines a los escaparates del Barrio Latino reclamando libertad. Ahora, los papeles hablan de niños pijos vestidos de color arriba España que se lo hacen en botellones y gritan viva la muerte. No saben quién es Unamuno, pero mean sobre su tumba celebrando el vituperio, quemando coches y reventando cabinas telefónicas. Aparece, nuevamente, una adolescencia terrorista que alegra la vida con la amenaza perfumada del viejo fascismo.
Del sesenta y ocho hasta hoy han cambiado unas cuantas cosas. Una de ellas es que el nihilismo de la jet-set ha germinado en los corazones de estos gachós con flequillo largo y polos de Lacoste. Del colosalismo de aquellas urbanizaciones burguesas del norte de Madrid llegan estos muchachos que disfrutan matando vagabundos y convirtiendo el maltrato en un siniestro juego cinematográfico. Lo de menos es beber en comandita o la vida alegre en la calle, fumarse un canuto a la luz de una farola o enseñarle los pezones a la Luna. Lo verdaderamente preocupante es lo que hay detrás de esta delincuencia adolescente: fragmentos de vidas sin márgenes ni referencias que han acumulado en sus arterias el veneno de la rabia sin motivo.
Los de Pozuelo son una casta de herederos que sólo halla acceso a su herencia destruyendo todo lo que les ha sido concedido. Parafraseando al escritor asturiano Ricardo Menéndez Salmón, estos muchachos tienen la sospecha de que nuestro mundo es una feria de simulacros, la convicción de que su existencia es una copia debilitada y falsa, llamada a desaparecer. Frente al simulacro anunciado por el filósofo Baudrillard y narrado por Salmón, la realidad se consagra como una calle donde uno logra el deleite respirando el recio aroma de la sangre.
Lo más espantoso de la violencia es que se gusta a sí misma. Quizás, en este nuevo siglo, la violencia sea la única expresión viva de la realidad, frente al simulacro del sexo catódico, la paranoia vírica, el esperpento parlamentario y el espectáculo apocalíptico de una guerra en el desierto.
Sobre este grueso esquema, la confusión organizada provoca el desconcierto de la gente, ese reino de los moralistas que han apuntado hacia el botellón y otros vicios insanos. De modo que el cardenal Rouco Varela aconseja rezar el rosario de la Virgen en familia para acabar con el botellón y devolver a los hombres a la virtud cristiana. Surgen otra vez los iluminados elevándose con la autoridad del evangelio, mientras una bestia negra planea decapitar a alguna diosa pagana. Ay.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Los parados


La luna de los escaparates nos devuelve el rostro mal rasurado, cansado de ver todas las mañanas nuestra sombra, cansado de tanto oler nuestro nombre. Al parado le va llegando la dificultad de andar una nueva esquina y alarga el café de la mañana, recortando el trago y prolongando la mirada, mientras sus dedos se manchan de tinta al pasar las páginas de contactos. Llega la crisis como un dolor de cabeza, como una mala resaca que no se diluye con aspirina ni cuatrocientos papeles al mes consumidos en el cocido.
El verano moribundo continúa dando cifras. Siempre hay un número caliente que atormenta al parado y nutre el titular a cinco columnas del periódico del día. Con este viernes termina una semana siniestra, de gripe económica y crisis porcina. En el aire de la economía caben todas las intrigas: bajar los impuestos o subirlos, cambiar el modelo o mantenerlo, abaratar el despido o encarecerlo; la certeza de que todo y nada pueden ser al mismo tiempo.
El parado de hoy es el Don Tancredo de hace un siglo, aquel albañil torero que hizo de su paro una pose ante el toro. El Gobierno ha vuelto a soltarle al parado el toro de las medidas económicas, el toro de las encuestas, el toro de los déficits, el morlaco de los planes municipales y también el de las hipotecas. Muchos toros para un simple parado. Mientras tanto, el obrero tose su gripe porcina, que es un odio latente de clase trabajadora enfebrecida, la mala saña del parado que se oxida en las listas soviéticas del paro.
Según la CEOE, las medidas económicas que ha lanzado Zapatero son insuficientes. Lo bueno hubiera sido que el Presidente se divorciara de los sindicatos y retrasara la jubilación hasta que a uno le llegara la parca. Ay. Pero en la literatura no hay paro ni jubilación y yo moriré escribiendo artículos, bruñendo el estilo, como viejo corsario abandonado, quieto ante el toro de la economía, mientras el parado de mi barrio camina desesperado sin saber qué le dará de comer su parienta. Que muerda cuero, le han dicho.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

12 + 1: The End


El matasanos me dijo que había estado más muerto que vivo. "En estos momentos tu cuerpo es un saco de huesos rotos sobre la cama de un hospital. Volverás a caminar si sabes lo que te conviene. Por la tuerta no pudimos hacer nada. Ya era un fiambre cuando nos la trajeron. En cualquier caso, deberías darle las gracias a tu amigo Piñeiro. Fue él quien llamó a la policía. Si no, hoy serías uno más en el depósito de cadáveres. De todos modos, ahórrate las palabras hasta que pasen unos días. No quiero volver a coserte la mandíbula".
Cerré los ojos. Recobré la conciencia para encontrarme con la mirada de Ava, llena de conmiseración y una extraña suspicacia, a los pies de la cama. Ella, que había muerto en tantas ocasiones, y yo, que era más dificil de matar que una rata, volvíamos a vernos las caras.
-La muerte te ha sentado bien. Sigues igual de guapa
-No puedo decir lo mismo de tí, aunque siempre me gustaron tus cumplidos, por poco sinceros que fueran.
-Un whisky mi iría muy bien. Me duele mucho la cabeza.
-Han jugado al fútbol un buen rato con ella.
-Me gustas más cuando el tono es frío e insolente.
-Está claro que no sabes cerrar la boca.
-Se puede saber a qué has venido?
-Lo que todos quieren y tu detestas.
-Antes debes devolverme lo que te llevaste.
-Amas a todas las mujeres como si fueran la última. Tu corazón sigue en el mismo sitio de siempre. No lo necesitas. Pero no me engañas, estoy segura de que ya hay otra.
-La enfermera no está nada mal. Siempre me gustaron las enfermeras, las putas y de las hermanitas de la caridad.
-Devuélveme el libro.
-No existe ningún libro. Lo que había se quemó en el desgüace, junto al coche y unos cuantos asesinos que también lo querían. Pero esa historia se ha terminado.
-Eres demasiado honesto y trabajas por poco dinero. Nunca llegarás a nada. Todo el mundo te golpea, te estrangula y te machaca, pero tu sigues adelante, con la cabeza baja hasta que los destrozas a todos.
-Recuérdame en otra ocasión que te invite a una copa.
Ava sonrió. Acercó su rostro al mío y después me besó en los labios. Fue un beso repugnante y maternal, esos besos que anuncian una despedida.
-Por qué no tratas de escribir?
La frase estuvo dándome vueltas en la cabeza mientras mi cuerpo se recomponía. De regreso a Gijón volví al prostíbulo del viejo Montalbo. Una de sus muchachas me llevó hasta su dormitorio. La habitación era demasiado amplia, con techos demasiado altas y con tantas flores alrededor de su cama que la atmósfera que se respiraba me recordó un tanatorio. Me senté en uno de los bordes del lecho, mientras veía como el viejo agonizaba. Tengo que reconocer que valía la pena contemplar como la muerte lo iba devorando cada vez que respiraba.
-Hola viejo, ya estoy aquí de nuevo.
Montalbo no se movió. Ni siquiera hizo una inclinación con su cabeza. Dirigió hacia mi sus ojos sin vida.
-Veo que no puede articular palabra. Seré breve. Vengo para traerle lo que me pidió. Aqui tiene el libro. Como me imaginaba, en su estado, no le va a servir de nada, de lo cual me alegro tanto como si lo viera a usted muerto. Pero eso sólo será cuestión de minutos.
El calor suave y húmedo era como un paño mortuorio alrededor de nosotros. El anciano cerró los ojos y me dibujó una sonrisa.
-La chica que me mandó le está esperando en el infierno. Tenía muy malas pulgas, pero supongo que en otra vida, fue una buena chica que una mala noche eligió el camino equivocado.
El viejo me miró sin expresión.
-Y ahora que vas hacer Guillot?.
-Volver a mi camino. No me gusta estar dos veces con la misma mujer ni tampoco encontrármela en el mismo sitio.
-Existen dos tipos de hombres, los que se quedan y los que no saben a dónde van.
-Yo sólo soy un busca vidas.
No vi a nadie cuando abandoné la casa. El viejo estaba muerto. Yo no sabía a dónde iba, pero al fin y al cabo estaba vivo. Quizá yo también había estado muerto. En algún momento de mi vida, acaricié la muerte, la sentí en el tuétano de los huesos, como si me aplastara el destino. También sentí el dolor que produce la desgracia. Quizá yo también era parte de esas vidas desgraciadas que no saben a dónde van.
De camino a casa me acerqué hasta el Savoy y me tomé un par de whiskys dobles. No me hicieron ningún bien. Todo lo que logaron fue recordarme a Ava. Nunca más la volvi a ver.

FIN

jueves, 27 de agosto de 2009

Cuando los perros ladran


Escapar del dolor es una reacción natural, pero si eres boxeador vas a su encuentro. Retorcido como un perro con los huesos rotos, recordé las palabras de Rocky Marciano, cuando le preguntaron por qué nunca había conocido la derrota. Rocky iba siempre al encuentro del dolor. Yo también iba al encuentro del dolor. Me sentí como si mordiera la misma lona que Rocky nunca mordió.
El indio me sentó en el suelo con la espalda apoyada contra la pared. La luz del sol me aplastaba la cara. Los perros, atados al poste, ladraban. Era como si ellos tambien quisieran participar en la fiesta y dejar en mi cuerpo sus babas. En momentos así, uno no suele pensar. Pero yo pensé que Dios no existía. Estuve así tres minutos, pensando que Dios no existía. También pensé en lo insignificantes que podíamos llegar a ser ante un indio con tenazas en las manos y lo bueno que sería no sentir el dolor. Entonces todos seríamos tan perfectos como un mosquito. Insignificantes y ajenos al dolor como un insecto cualquiera. Ajenos al dolor como una hormiga, una araña o una cucaracha. Auténticos supervivientes de la bomba atómica. Esa podía ser una gran ventaja, claro que sí. Superar el dolor, sobrevivir a una bomba. Pero allí estaba yo, al encuentro con el dolor, como me había dicho en una ocasión Rocky Marciano.
Rocky supo lo que era el lujo. También pensé en el lujo. El indio seguía pateándome la cara, mientras yo estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, pensando en el lujo. En el lujo de no tener memoria, en el lujo de pensar y no salir huyendo. Después abrí los ojos y contemplaba, como desde un sueño, a un indio cherokee cortando cabelleras, mientras los coches morían en un cementerio igual que rinocerontes que no han logrado atravesar el desierto. Yo estaba en el cementerio, recordando a Rocky Marciano junto al indio cherokee, junto a un viejo muerto, junto a una rubia muerta, como un pastor que ha perdido su rebaño, imconmprendido por las piedras.
El indio tenía un rostro cetrino y malévolo y los ojos de un diablo loco que dibujaba su sonrisa retorciéndole el perscuezo a un hombre maniatado. Los perros seguían ladrando. No se cansaban de ladrar. Los soltarán, los acercarán a mi cuerpo, lo olerán, lo patearán y después se darán conmigo una buena fiesta.
-Muchacho, sin duda eres un tipo muy agradable, que se siente feliz en el mejor de los ambientes. Por qué no acabas conmigo de una puta vez y me das de comer a los perros?
Entonces el gigante se fue de la garita. No hubiera imaginado que todo iba a ser tan fácil. Me reí como un loco que ha perdido la esperanza, como un fugitivo que se cree libre y no sabe después a dónde ir. Después me dormí, dormí plácidamente, mientras la sangre se cuajaba en mi boca, mientras los perros trataban de zafarse de sus cadenas, mientras el sol se ponía, mientras la soledad acariciaba mi cara.
Debía de ser tarde, lo suficiente como para sentir el frío de la noche. Escuché el motor de un carro. Levanté la cabeza. Los perros volvieron a ladrar como si de una jauría se tratara. La rubia seguía allí, el viejo también estaba allí. Las moscas se peleaban por ellos y yo era un insecto al que le habían cortado las alas. Dos luces se aproximaron hacia la garita lentamente, como dos luciérnagas perdidas en la nada. El mercedes se detuvo. Detrás de él le siguieron otros cuatro carros. Ví como la puerta del primero se abría y un tipo corpulento con zapatos relucientes pisaba el suelo regado de sangre y arena. Conté quince personas, pero sólo "Garrote" y el indio se metieron en la caseta.
-Vaya, vaya, todavía estás aquí.
-Sí, este es un buen sitio para descansar.
-Escucha lo que dice, indio. El pinche conserva aún la guasa. El gallego tiene aguante.
-Que te jodan.
-No,no,no...Cuida tus modales,perro asturiano. Estás hablando con "Garrote".
Tenía las muñecas hinchadas y las piernas acalambradas. No debí moverme tanto, mientras me atizaban. Comencé a aceptarlo de la mejor manera. No era el momento de llorar, ni de recordar, era la hora de mirar dentro de mi y de tratar de comprender que a veces uno se va de este mundo inesperadamente.
-Mira, cabrón, a pesar de todo, me caes bien y a lo mejor esta noche salvas tu pellejo si me dices donde está el puto diario. Te voy a contar una historia. Sabes qué? Yo me he cargado a unos cuantos boinas verdes, sí, como te digo, allá en Colombia. Los muy cabrones piensan que aquello es otro Vietnam. Valla que sí. Yo he mandado matar a muchos yankis que sólo iban a joder. Yo he matado a más hijos de puta que tú. Mi padre fue un soldado de las FARC renegado, pobre como las ratas. Un día apareció por Medellin dando sermones en cantinas y burdeles. Algunos creyeron que era un infiltrado, pero fue mi madre quien lo metió en su casa y evitó que lo mataran. Vivió con ella cuatro meses y después desapareció. Tengo treinta años y sé lo que es la guerra, sé lo que es morir, sé todo eso, pinche cabrón, y ahora no vas a ser tú el que me joda la marrana. A "Garrote" no le folla una cucaracha.
Los perros seguían ladrando. El colombiano blandió un puñal y, agachándose, lo acercó a mi garganta. Los perros continuaron ladrando, arañando con sus zarpas el suelo del cementerio, dejándose las uñas y fabricando una polvareda que se metía en la garita y penetraba en mi garganta.
-Mira cabrón, con este pincho he recosido a más de uno y a más de una. Tu amorcito no lo necesitó, le bastó un disparo en la sesera y plof, cayó como un saco de arena bien roto, pues. Ahora colabora, amigo, y cuéntanos donde está el puto libro.
Antes del alba se vio cercado por la policía. "Garrote" se quedó dentro, agachado, dibujando la expresión de un loco que se sabe acorralado, mientras los demás se dispersaban, como cucarachas que no encuentran la salida. El indio abrió fuego. Se desplomó a mis pies, con cuatro tiros encajados en el estómago, suficientes para que le sellaran el pasaporte al infierno. El tiroteo duró veinte minutos. El juez tuvo que hacer equilibrios con los pies para no pisar las tripas del colombiano. Nunca olvidaré que Oswaldo "Garrote" salió de la garita blandiendo su arma y disparando al cielo sus últimas balas. Cayó acribillado y, como un mártir, se despidió de todos nosotros gritando "Hijos de puta, si os dejo con vida es por que habréis de amortajárme como a un ángel".

miércoles, 26 de agosto de 2009

Un mundo sucio


Nadie puede ser honrado aunque lo quiera. Ese es el problema de esta ciudad y de este país. Te quedas con el culo al aire si lo intentas. Tienes que jugar sucio si quieres ganar y nadie entiende que te paguen por decir la verdad. Recostado sobre la cama, me puse a pensar y mis ideas comenzaron a circular en el cerebro de un modo sádico y siniestro. Pensé en mafiosos colombianos, en lenguas cortadas, en viejos proxenetas y en barcos sin retorno navegando sobre aguas gélidas. También pensé en putas asesinas, en actrices muertas, en escritores malditos y en cómicos adictos a la cocacína. Pensé en viejos periodistas tratando de escapar del ostracismo, en vaqueros que habían logrado regresar del otro mundo, en ciudades levantadas sobre el desierto y en un par de balas bien acomodadas en mi cabeza. Pensé en muchísimas cosas hasta que mis ojos se cerraron.
Fue la llamada de Piñeiro la que interrumpió mi última resaca. Una resaca cojonuda, una juerga latina en la que mis nueronas tocaban despiadadamente las maracas. Al escuchar su voz al otro lado del teléfono creí que mi conciencia había regresado a mi cabeza para ejecutar su última venganza.
-Tu coche.
-Qué pasa con mi coche?
-Tienes una forma muy peculiar de olvidarte de las cosas. Lleva cuatro días en el desgüace y todavía no has pasado a recogerlo. No tienes remedio.
-Y cuál es el problema? Te das cuenta de que son los nueve de la mañana? A esa hora los muertos descansamos en la cama.
-Me da absolutamente igual. Tu Ford se parece tanto a un acordeón que se podría tocar con él una polca.
-Muy bien, gracias por la metáfora, Piñeiro. Si eso es todo lo que tienes que decirme, puedes estar tranquilo. Esta tarde se lo diré a la compañía.
-Imbecil. No te llamo sólo por eso. Debes ir lo antes posible y recuperar lo que había en la guantera.
-No recuerdo que hubiera nada en especial.
-Pues el mecánico del desguace no piensa lo mismo. Se encontró un buen pistolón y una agenda azul llena de anotaciones extrañas. Creyó que las dos cosas eran demasiado peligrosas como para venderlas por su cuenta. Estoy convencido de que eres incapaz de disparar un tirachinas pero, últimamente, eres una caja de sorpresas. Será mejor que te deshagas de todo eso y desaparezcas.
-Por qué todo el mundo quiere que me disuelva?
Piñeiro colgo el teléfono. Conseguí arrancarme de la cama, me froté la boca y me tropecé con la esquina de la cama. Aún estaba lanzado maldiciones cuando se oyeron unos golpes enérgicos en la puerta, el tipo de llamada imperiosa que despierta el deseo de no abrirla hasta que alguno de los dos la echa abajo.
Abrí un poco más de cinco centímetros. Me encontré delante de un revolver que me apuntaba a la cara. La tuerta vestía un traje negro muy pulcro, muy limpio y muy solemne, más propio de la secretaria de un banco que de una fulana de Gijón. La rubia empujó un poco más la puerta y yo me aparté para dejarle pasar. Entró, cerró y miró a su alrededor con una expresión desagradable desprendida de su único ojo.
-Si me sigues mirando así acabarás ciega.
-No te hagas el gracioso. Llevo dos días buscándote.
-Pues aquí estoy. Ya me tienes.
-Sabes muy bien qué es lo que quiero.
-Creo que ya sé donde está el libro.
-Enséñamelo.
Recorrió el apartamento lentamente.
-El libro no está aquí, si eso es lo que buscas en este momento.
-Dónde está?
-Es curioso, nunca se ha separado de mi. Mejor dicho, desapareció el día que me propuse buscarlo. Pero ni siquiero eso lo sabía.
-No me interesan tus explicaciones.
-Tendrás que acompañarme hasta el desgüace de esta ciudad.
-Si lo que pretendes es hacerme caer en una trampa estás muy equivocado.
-Tranquila nena, ese libro no es mío. No tengo nada que ver con él.
Me vestí mientras la rubia me vigilaba. Después nos acercamos en su coche hasta aquel cementerio de carros. Llamé a Piñeiro para que me indicara el lugar. Mientras conducía, aquella rubia me apuntaba con su pipa, sin quitarme el ojo de encima.
-Si haces algo extraño, te desjarreto aquí mismo, cabrón.
-Lo que tu digas, encanto.
Cuando llegamos al desgüace, nos encontramos ante una gran explanada donde los coches se amontonaban completamente destripados. Tuve la sensación de que estaba en mi propia casa, o mejor dicho, la sensación de que el sitio era un lugar agradable, si lo que deseas es que tu cuerpo huela siempre a gasolina. Sin embargo, algo me decía que no iba a salir vivo de allí.
El silencio se extendía por cada una de las calles que formaban aquellos carros colocados en bloques. Aquel desgüace era una ciudad fantasma. Los ladridos de un par de sabuesos atados a un poste nos guiaron hasta la garita donde, supuse, estaría el mecánico del que me había hablado Piñeiro.
-Como hagas algo extraño delante de ese tipo, date por muerto.
-No te preocupes, cariño. Cinco minutos y el libro será todo tuyo.
Una mosca rozó su frente y después se posó sobre el orificio de su estómago. El silencio del cuarto y su rostro petrificado indicaban que la muerte se había dado un garbeo unas horas antes por allí. La sangre aún estaba fresca, aunque el cuerpo estaba frío y rígido como un lingote de hielo. Supuse que al viejo no le dieron tregua. Primero lo ataron a la silla y después lo amordazaron. Seguramente lo torturaron hasta exprimirle la última lágrima. En sus dedos no había uñas y sobre sus pies había un charco de sangre que se extendía hasta los nuestros. Cuando despertó, le dieron una última oportunidad. Para entonces, lo mejor era una bala y acabar con tanto sufrimiento.
-Parece que alguien se nos ha adelantado. A este viejo le han dado matarile.
-Esto complica un poco tu existencia, Guillot. Es mejor que me digas dónde está el puto libro antes de que te vuele la cabeza.
-Por qué diablos todo el mundo se siente tan seguro cuando me apunta con una pistola.
-Los muchachos de "Garrote" se nos han adelantado, pero si el viejo no ha sido capaz de decirles dónde coño está, nos estarán esperándo aquí.
Sentí una ráfaga de aire. Después me llegó un olor a sangre nueva. Quezá era la mía. Mis ojos se nublaron, pero antes de desvanecerme, me llevé el recuerdo de un armario golpeándome la nuca y sujetándome los brazos a los costados. También recuerdo que la tuerta sacó su revolver de la chaqueta, pero la llevaba abotonada y fue demasiado lenta para disparar contra alguien antes de que se la cepillaran. Tuve la sensación de que me iban a saltar la tapa de los sesos en cualquier momento. Después, aquel monstruo me sujetó por las muñecas y me las retorció antes de que su rodilla se clavase en mi espalda, doblándome el espinazo como si fuera un mondadientes. Luego aquellos dedos de hierro me recogieron del suelo, atrapando mi garganta como si fuera una cañería del desagüe.
-Suéltalo, indio. Aquí ya hay bastante carne humana en descomposición. Él nos dirá dónde está el coche.
-Ah, mierda de asturiano.
Recuerdo que caí al suelo como un paquete de cigarrillos estrujado. Me desmayé con el rumor de una buena frase, que dejaré escrito sobre mi tumba.
-Ya tendrás tiempo para divertirte. No es más que un sucio hombre en un mundo sucio.

jueves, 20 de agosto de 2009

Heartbreak Hotel


La vida en Albacete irrumpía sin el lastre del peligro de Gijón. La maraña húmeda del norte había dado paso a la claridad desértica del sur. Hacía tanto calor que no necesitaba las cerillas para encender un cigarrillo. Lo peor del verano es que los días se acobardan y la rutina pesa tanto como una losa de cemento. Cuando terminaba la hora de la siesta, aquel sobrante de sueño, me sentía tan arrugado, sudoroso y aturdido como la colcha de un prostíbulo. Después, cuando el sol se ponía, uno creía que alguien ta había perdonado la vida y, efectivamente, la noche se abría paso anunciando la llegada de un nuevo día.
Entraba la noche por las esquinas de la vida, recorriendo plazas y bares, parques, templos y camas. Aparecía la noche como un vértigo por la ciudad desprevenida y se esparcía por los bordes de mi vaso, mientras uno se la bebía, a largos tragos, enfermo de insomnio y pasado.
Albacete iba concretando sus perfiles a través de sus calles. Paseaba, alcoholizado y noctivago, por el Parque Lineal, perímetro de la ciudad que me conducía, después de atravesarlo, hasta su playa de vías, un páramo herrumbroso, oxidado y vacío de trenes, donde los perros abandonados agonizaban de aburrimiento y algún rascacielos rompía la monotonía horizontal de la ciudad con sus antenas.
Cuando llegaba la noche, Albacete se iba llenando de rubias adolescentes, opositores desencantados y profesores de literatura. Cada uno administraba como buenamente podía la paga de sus viejos y entre todos hacían la vida alegre de Tejares o la calle del Tinte. Cada uno de ellos ocupaba su terraza, una forma estival de tomar la calle, de hacerla suya, mientras yo me deslizaba lentamente por los pasillos que conducían hasta el Heartbreak Hotel, barricada musical desde la que uno se encontraba a sí mismo, embebido de blues y rock. Sin lugar a dudas, aquel sitio era lo más parecido al Savoy que yo frecuentaba en Gijón, una elegante tumba de paredes empapeladas de viejos vinilos, vagamente iluminada y nutrida de mujeres tatuadas dispuestas a beberse la vida.
Cuando Johny Cash apoyó sus brazos sobre la barra, todas las copas temblaron, se hizo un silencio reverencial y las miradas de los clientes dibujaron por enésima vez su perfil presidiario y crepuscular. Después, la música volvió a sonar y el rumor de la conversación continuó rebotando por las esquinas, como si allí no hubiera pasado nada.
Lo cierto es que en el Heartbreak hacía un calor espantoso que oprimía las sienes. Cash pidió un whisky sólo y con hielo cuando yo empezaba a beberme el segundo.
-Ava y tu érais como dos cuerdas afinadas exactamente en la misma nota.
-Por si no lo sabes, una de esas guitarras ya está rota.
-No te confíes. Ava era de esas mujeres que quería morir varias veces para vivir de verdad una sóla vida.
-Beber whisky favorece las buenas intenciones.
-Es mejor fumar hierba.
-En Albacete está tan seca que cuando la fumas ya es ceniza.
-Lo importante es que el fuego sobreviva a la ceniza. Fumar es como cantar una canción.
-A qué has venido Johny?
-Estoy aquí para decirte que huir no te va a servir de nada. "Garrote" está siguiéndote la pista. Van a hacer con tu lengua una corbata colombiana.
-Eso ya lo sabía.
-Mira en lo que te has convertido. Todos tus amigos, finalmente, se han ido. Todos los demás se quedaron con todo.
-Nunca tuve casa y la única mujer que amo me espera en el depósito de cadáveres.
-No me cuentes historias. Estás sentado sobre la silla de un mentiroso, lleno de pensamientos rotos que no puedes arreglar.
-Tranquilo Johny. Al final, los sentimientos desaparecen. Tu desaparecerás y yo seguiré aquí, al menos, unos cuantos minutos.
Johnny era una bandera negra, el símbolo de todos aquellos que estaban condenados a muerte, hombres y mujeres que pasarían al otro mundo sentenciados con una inyección letal, sentados en una silla eléctrica o envenenados en una cámara de gas. Admiraba a Johnny porque había tocado en la prisión de Huntville, Texas, y también en el penal de San Quintín, California. Los presos se sacudían con sus canciones y cuanto más gritaban, más felices se sentían. La tregedia americana estaba escrita en sus ojos, en sus oraciones, en las seis cuerdas de su guitarra. Johnny era un heraldo negro que anunciaba mi final y volvía a convertirme en una antena del mundo encaminada a descifrar el signifcado de todas las cosas inertes. Pero había algo que detestaba de Johnny. Estar a su lado era como vivir tu última noche.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Un sueño, una ciudad, un suspiro.


Un sueño fue lo que me impulsó a venir hasta Albacete. Yo conducía a lo largo de una carretera rural. Eso era todo. Era verano, al crepúsculo, o si no, se trataba de una extraña noche tenuemente radiante, la clase de noche que sólo existe en los sueños. Conducía decididamente a hacia alguna parte. Al parecer, huía de un sicario colombiano, pero también de una ciudad del norte y una mujer muerta. A mi derecha había un llano completamente gris, sin casas ni cabañas, y a mi izquierda se veía una larga fila de cipreses sombríamente amenazadores que flanqueaban la carretera. El viento silbaba entre las ramas y sus hojas pendían cargadas de rocío. Sentía pena de mi mismo. Sentía pena de ese incompetente que avanzaba al caer la noche sin ninguna promesa de llegar a alguna parte. El recuerdo de Ava pervivía, más allá del tiempo y la distancia. Su figura, sus ojos, su sonrisa, aparecían y desaparecían como el pulso de luz de un faro marítimo que se abría en la oscuridad, la misma luz que me hizo despertar de aquel sueño, antes de que me estrellara contra la cuneta.
Veinte o treinta fueron los minutos que tardé en recuperar la consciencia. Una buena cabezada. Abrí los ojos y contemplé una fría estrella borrosa que después se transformó en una luna aterciopelada. Mis manos aún empuñaban el volante. Intenté reincorporarme en el asiento y el dolor se disparó desde la nuca hasta los tobillos. Después salí del coche. Todavía atontado, traté de equilibrarme sobre las palmas de las manos. A escasos metros escuchaba el paso de otros coches. Más cerca, el canto de los grillos. Entonces todo me pareció un hermoso tormento que se clavaba en mi nuca.
Me dolía mucho la cabeza. No es que me sirviera de mucho, pero había convivido toda mi vida con ella. Ahora la encontraba más blanda, más hinchada y más dolorida que de costumbre. Pero todo estaba en su sitio. Entonces pensé que veinte o treinta minutos dan para mucho. En ese tiempo puedes morir, pero tambien puedes sacarte una muela, puedes casarte y, por qué no, también puedes joder a la mujer de tu peor enemigo. En veinte o treinta minutos también puedes beberte media botella de whisky o destruir un rascacielos, incluso dos, y matar a tres tipos si la cosa se pone muy fea. Veinte o treinta minutos fueron suficientes para que Piñeiro me recogiera en su coche, y otros veinte o treinta fueron necesarios para pisar otra vez Albacete, más arrepentido que encantado, y para qué negarlo, un poco más tieso.
-No era necesario que estrellaras el coche para que te recogiera.
-Me quedé dormido al volante. Estaría bien que preguntaras, al menos, si sigo entero.
-Eso ya lo veo. Tu estatura no ha cambiado desde la última vez que nos vimos.
-Sí, es cierto, he dejado de crecer y mamá ya no me acompaña al water. Escucha Piñeiro, necesito un lugar donde dormir.
-Necesitas un hospital.
-Me conformo con una cama.
-Estarás mucho tiempo por aquí?
-No lo sé. Lo suficiente. Ya me quieres echar?
-Necesito un redactor.
-Y qué gano yo a cambio.
-Un trabajo que te aclare las ideas.
-Necesito plata.
-Piénsalo de esta manera: incluso un trabajo mal remunerado puede ser un paso hacia adelante.
-No me interesa tu filosofía.
-Ahora vamos a tomar algo y me cuentas qué problemas te traen a Albacete.
-Qué te hace pensar que tengo problemas?
-Paradójicamente, sólo escribes bien cuando tienes problemas.
-Soy periodista, no un detective.
-Nadie llama a las cuatro de la madrugada para sacarte de la cama e invitarte a una copa.
-Un whisky suavizaría un poco las cosas.
-Supongo que estás tratando de salvar tu pellejo y has pensado que nadie te imagina en Albacete.
-Vamos a por ese whisky.
Nos conocimos hace un año en la redacción de El Pueblo y cuando le escuché decir que sin periodistas no habría cadáveres, supe que no tardaría mucho tiempo en compartir una botella de whisky con él. A la primera ronda comprendí que Alfonso Piñeiro amaba y despreciaba el periodismo a partes iguales. Habría sido un buen redactor jefe, de no ser porque vivía rodeado de incompetentes que se pegarían un tiro antes de tener que leer un libro. No tardaron mucho tiempo en darle el finiquito. Lo suyo era buscar los huevos en el nido de las águilas, un forajido que hacía la guerra por su cuenta contra concejales y gariteros. Para Piñeiro, el periodismo seguía siendo una herramienta para la conspiración, la seducción, el robo y el asesinato. Alfonso, ingenuamente, confiaba en que el lector haciera realidad sus pensamientos.
Nos tomamos una copa y después caminamos hasta su casa. Mientras atravesábamos la vieja catedral, comprendí que en Albacete el tiempo transcurría de otra forma. Un segundo equivalía a cuatro siglos. Incluso el viento se detenía ante aquella acumulación de tiempo detenido. Albasit no era una ciudad, no era un estilo, era algo más que un sueño, quizá un eterno y cálido suspiro.


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miércoles, 12 de agosto de 2009

El mar


Somos una tienda de relojes. Por dentro, cada uno de nosotros va marcando su propia hora. Mi cuerpo era una relojería y cada pálpito restaba un segundo más a mi existencia. Intenté escuchar mi corazón con la llema de los dedos, pero no era capaz de sentir nada. Alguien había estado en mi casa mientras yo platicaba con el viejo. Alguien buscaba en mi casa un libro con anotaciones, números, nombres, clientes y, quizá, si aquel cabrón no mentía, alguien también me buscaba a mi. Aunque no tenía corazón, sentí un soplo en la aorta, algo que me ahogaba. Quizá era el soplo de Dios, quizá era el soplo del miedo.
Me acerqué al minibar y destapé una botella de whisky. Mientras lo bebía desde la ventana del salón, podía ver cómo rompían las olas de San Lorenzo en la madrugada. En la orilla del mar todo son estrechas franjas horizontales. El mundo parece algo tan simple que uno es capaz de verlo reducido a unas cuantas líneas largas y rectas, apretadas entre el cielo y la tierra.
De niño, todo lo nuevo nos asombraba. Tratábamos de vencer las olas del mar sumergiéndonos en ellas o rompiendo nuestro pecho sobre la espuma encrestada que las traía. Corríamos por las estrechas calles de Gijón asombrados de todo. Fingíamos matar y morir todas las tardes. Todo era una hermosa mentira donde los acontecimientos estabas nimbados por el misterio. Pero ahora el misterio ya no era algo nuevo, sino algo conocido que regresaba convertido en un fantasma.
Marco Romano apareció esa misma noche por mi apartamento mientras yo preparaba la maleta. Marco había sido ayudante de cámara quince años antes. Había vivido mucho tiempo en Barcelona, rodando cine porno junto a Emiliano Lapiedra. A Lapiedra le iba el cine con tullidos y enanos, muchos vampiros y mujeres enmascaradas. Yo sabía que a Marco no le gustaba ese rollo barroco, grotesco y decadente. A Romano no le molestaba que Lapiedra convirtiera el cine porno en un circo para monstruos, lo que no soportaba era rodar con una polla a cinco centimetros de su nariz. Huelen muy mal.
Después de abandonar a Lapiedra, Marco comenzó a rodar cine de terror. Hay más drama en la vida de un zombi que en una orgía con cuarenta fulanas. Luego se refugió en el documental. Ahora estaba arruinado. Aún así, amaba el cine sobre todas las cosas. Solía decir que era el único arte capaz de convertir a una pobre prostituta en una honrada mujer capaz de salvar al mundo de todas sus miserias. Todas las noches bebíamos una botella de whisky. Inventabamos juntos historias y contabamos anécdotas más brillantes que una buena mentira.
-Media ciudad te busca vivo y la otra mitad pretende tu cabeza.
-No se puede caer bien a todo el mundo.
-Veo que estás haciendo la maleta.
-Estoy metido en problemas.
-Adónde vas?
-Si te lo dijera, entonces te buscarían a tí y no pretendo sembrar esta ciudad de cadáveres.
-Ava siempre fue un problema, pero no quisiste aceptarlo hasta que una noche apareció muerta.
-Es una buena historia, escribe un guión con ella.
-Ahora sólo me tira el documental.
-Entonces nunca llegarás a nada. A los hombres les repugna todo lo que huele a realidad.
-De momento tengo mi cabeza sobre los hombros. Creo que tu no podrás decir lo mismo mañana.
-Cuanto piden por mi cabeza?
-No me tomes el pelo. Un periodista no vale nada.
-Si vienes a por el libro, entonces te has equivocado.
-Todo el mundo piensa que lo tienes.
-El mundo suele estar siempre equivocado.
-Eso es lo que todos dicen cinco segundos antes de saberse arruinados.
Me fijé en sus ojos durante un par de segundos. Primero me miró con desprecio, pero luego dibujó una sonrisa y comenzó a reir. Marco había sido siempre un buen amigo. Nos bebimos nuestro último whisky antes de que se fuera.
-Me voy de aquí. Si encuentras ese dichoso libro, ya sabes lo que debes hacer con él. A mi no me interesa y nunca me interesó. Sólo me ha traido problemas.
Marco se despidió con un fuerte abrazo.
-Si vuelves a Gijón, te estaré esperándo aquí.
Ser el centro de una novela comenzaba a aburrirme demasiado. Yo quería escribir una historia de amor, pero todo lo que vivía era negro como boca de lobo. Quizá es que toda historia de amor esconde una historia de zombis. En ese caso, Marco había acertado.
Las novelas como las mujeres, le llevan a uno por donde quieren. Mailer decía que la novela era una gran puta. No se equivocaba. Había que escapar de esa puta, del mismo modo que Ava escapó para siempre. Una hora después, Gijón era una postal a mi espalda. Ya estaba en carretera, en dirección al sur:
-Hello, Albacete?

jueves, 6 de agosto de 2009

La muerte y sus elecciones


La muerte hace sus propias elecciones. Y la última noche que pasamos juntos, decidió que Ava debía morir una vez más. La policía encontró su cuerpo desnudo y maniatado, tendido sobre la arena de la playa, con un buen disparo en la cabeza. El policía escribió en su informe que el viento silvaba por la herida y también dejó escrito que la bala no logró borrarle la sonrisa de la cara. Cuando leí la noticia, pensé que su muerte había sido tan confusa como el resto de su vida.
Hace dos noches recibí una llamada. Un encuentro, una dirección, el nombre de Ava y la voz de una mujer que me citaba a las afueras de Gijón.
El nordeste soplaba con fuerza. Era una casa pequeña, alzada cerca de un acantilado que se habría más allá del dique Torres. Por la expresión de su rostro supe que yo no era el hombre que la mujer esperaba. Se trataba de una rubia alta, tuerta, nerviosa y esbelta. Fumaba un cigarrillo mientras veía desde la puerta cómo me acercaba.
-Eres más bajito de lo que pensaba.
-Si tuvieras dos ojos, me verías más alto.
Dibujó una mueca en su cara. No era hermosa, ni siquiera guapa, pero daba la sensación de que a su lado siempre sucedían cosas.
-Cariño, no he venido aquí a limpiarte los zapatos.
-No es a mí a quien tienes que ver. Dentro, hay un hombre esperándote.
-En ese caso, me voy. Ha sido un placer.
Antes de que me girara, sentí que del otro lado de la puerta un hombre tosía con dificultad. La mujer se enderezó, como si le hubiera dado un calambre en la espalda. Oí crujir bruscamente una silla, oí pasos y vi a un viejo moribundo de aspecto cadavérico y señorial que se acercaba lentamente hacia mí. Vestía una bata morada encima del pijama y trataba de apuntarme temblorosamente con una pistola.
-No se vaya. No hemos hablado todavía.
-Ni creo que lo hagamos. No me van los viejos y, menos aún, si no tienen puntería.
-Guardese su sarcasmo para otra fiesta, Guillot. La cosa es más seria de lo que piensa.
-Últimamente no pienso. No sé lo que me pasa.
-Si no quiere acabar como su amiga, siéntese en el salón y bébase lo que quiera.
-Al menos, espero que el whisky sea bueno.
-Y lo que tiene que oir también.
Después de cruzar la puerta tomamos asiento en el sofá de lo que, supuse, era el salón de aquella casa. Nos observamos sobre un suelo oscuro cubierto de tapices y unas cuantas alfombras procedentes del Sáhara. Parecía un hogar, con una pianola y unas cuantas estanterías cubiertas de libros. Las ventanas estaban abiertas y el nordeste soplaba con más fuerza. El viejo tenía la piel amarilla. Estaba lo suficientemente podrido como para saber que no estaría mucho tiempo vivo.
-Muy bien, ya estoy sentado. Dónde está ese whisky?
-No tenga tanta prisa. Mariana, por favor, traenos una botella.
La tuerta se fue hacia la cocina, mientras el viejo dejaba el revolver lentamente sobre la pianola.
-Sé muy bien quién es.
-Entonces ya sabe algo más que yo. Ilústreme.
-Aún no comprendo qué pudo ver Ava en un tipo como usted.
-Yo tampoco. Qué le vamos a hacer. ¿Cómo dijo que se llamaba?
-Todavía no he dicho nada.
-Qué lástima.
Me levanté, dando signos de que aquella conversación había terminado.
-Oiga, todavía no sé con quién diablos estoy hablando. ¿es siempre así de duro o sólo cuando lleva puesto el pijama?
La rubia se acercó con el hielo, los vasos y la botella.
-Gracias princesa, pero creo que no pinto nada aquí. Al final, vas a ser más simpática de lo que creía. Tendremos que dejarlo para otra ocasión.
Pasó entre nosotros y se coló como una gata hacia otra habitación. El viejo continuó hablando.
-Siéntese, por favor. Me llamo Gonzalo Giménez Montalbo.
-Muy interesante. Pero con eso no me dice nada.
-Tengo unos cuantos prostíbulos en la ciudad.
-No le culpo. A su edad, seguro que yo también desearé morirme en uno.
-Escuche Guillot. Será mejor que abandone lo antes posible esta ciudad. Hágame caso. Quería mucho a Ava y antes de que la mataran estuvimos juntos. Trabajó un tiempo conmigo. Eramos buenos amigos. Me dijo que lo amaba.
-Ava sabía mentir muy bien.
-Hay otros tipos que le buscan. Saben que Ava pasó una de sus últimas noches con usted. Antes de morir,les robó algo que les pertenecía y ahora rastrean sus pasos.
-Muy bien. Ava ha muerto. Fin de la historia. Yo no pinto nada.
-No es tan fácil. Mis amigos creen que usted tiene...
-Espere. Todavía no sé de qué cojones estamos hablando.
-Antes de que se conocieran, la chica estuvo con un traficante llamado Oswaldo Pérez, alias "Garrote". A "Garrote" no le sentó nada bien que usted se beneficiara a la chica. Nada fuera de lo normal. Para entonces, ya no mantenían ningún tipo de relación. Sin embargo, las cosas se complicaron cuando Ava empezó a necesitar dinero. Primero vino a mí. Le dí bastante pasta, pero cuando ya no pudo exprimirme más, se vio empujada a hablar con el colombiano. Ava estaba loca, pero no me imaginé que llegara a tanto. Quiso chantajearlo. Le pidió dinero a cambio de silencio.
-A qué silencio se refiere?
-"Garrote" asegura que Ava anotó en un diario todos sus movimientos. El dinero que circulaba, la cocaina que vendía y los clientes con los que trataba. Si apareciera ese diario y cayera en manos de la policía, Garrote estaría acabado.
-Y qué coño pinto yo en toda esta historia?
-El colombiano cree que ese diario lo tiene usted ahora.
-Bueno, pues dígale a ese tipo que Ava y yo simplemente follamos, que me robó el corazón y que no lo devolvió cuando se la cepillaron.
-No será suficiente. Antes de que yo diga nada, también seré otro cadaver en esta ciudad. Hágame caso, será mejor que se marche.
-Y por qué tiene tanto interés en que siga vivo?
-Porque a mi sí me interesa ese diario. Sólo quiero saber lo que Oswaldo oculta en esos papeles.
-Quiere hacer un negocio con mi cabeza.
-Más o menos. A mi edad ya no hay tiempo para muchos negocios y los pocos que se hacen, dificilmente se recuerdan.
Bebí de un sorbo mi vaso y lo miré con cierto desprecio.
-Viejo hijo de la gran puta. Ya le he dicho que yo no tengo ese condenado libro.
-Usted no lo tiene, pero lo tendrá. Lo tendrá para mí.
-Lo más probable es que Ava fuera de farol con ese tipo. No recuerdo que escribiera ningún diario. De hecho, no recuerdo que escribiera nada. Aparecía y desaparecía como un fantasma. Tal vez ese "Garrote" se lo tomara a mal. Es posible que un disparo en la cabeza reforzara sus argumentos, pero qué sentido tiene que busque a un periodista que ya no escribe.
-La gente se siente más atraida por los trenes que descarrilan que por aquellos que llegan a su hora. Garrote teme que usted o cualquier otro lo publique o se lo entregue a la policía.
-Y para evitar que cante la gallina aparece usted y su amiguita.
-No tenemos mucho más de lo que hablar. Ya sabe todo lo que necesita y lo que le interesa. Encuentre ese libro, démelo y desaparezca.
La rubia pidió un taxi para mí. Al cabo de cinco minutos me fuí de la casa sintiendo el aliento del verdugo en mi nuca. Al abrir la puerta de mi casa, observé que alguien ya había estado allí. Todo estaba desordenado. El nordeste golpeaba las ventanas abiertas. Ava había resultado más peligrosa muerta que viva. Mi vida corría peligro. Estaba claro que debía huir, antes de que llegara el fin del verano.


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sábado, 1 de agosto de 2009

Marcas de aguja


Ava llegó a Gijón con cincuenta kilos de ambición, una preciosa cara de muñeca y mucha inquietud por ganar dinero. Entonces yo sólo quería saber cuánto podrían llegar a valer sus carnes.
Ava no tardó en hacerse un mito de la noche. Todas las noches, Ava. Todas las noches Gijón. Al principio se esforzó en enseñarme a bailar sin bailar, casi quietos los dos en un rincón de la Bodeguita, mientras el vejamen se pisaba los pies a ritmo de cha-cha-chá. Ava tenía momentos de un misterio profundo, llenos de amor, de resignación y también de remordimiento, mientras el resto del personal desprendía con los ojos todos sus deseos en estado de putrefacción. Nunca comprendí cómo se podía amar rodeado de tanta peste. Pero ahí estaba, con el fragor frívolo de la ginebra en la garganta y aquellos besos de Ava que me sabían a sal.
Así recuerdo nuestro primer encuentro. Así empezó todo. Después pasaron los días. Después, todo lo demás. Cuando regresé a casa me encontré a Ava tendida en la cama como un bloque de marmol blanco. Estaba pálida, sudada, hierática y fría. Sus ojos alamardos y vacíos no se apartaban del techo. Me quedé impresionado al ver sus brazos. Se podía apreciar marcas de aguja en la parte anterior del codo. Yo había experimentado la vida acelerada de Gijón, pero las agujas ya no estaban de moda. De modo que un chute de heroina la trajo a mi cama, pensé. Bendita heroina que estás en su cuerpo.
-No vas a besarme?
-Qué diablos quieres.
-Un hombre.
-Necesitas un médico.
-O si no, un cigarrillo.
-Devuélveme mi corazón y vete.
El sexo es la única forma que sirve para conjurar la soledad del cuerpo. Aquella mujer rota se recompuso mientras me desnudaba. Al final, descubrí que ella también estaba vacía, que guardaba su soledad muy dentro, escondida, furtiva, larvada, como un cancer que le iba royendo el alma toda la vida.
-No los has pasado bien esta noche?
-Sabes por qué hemos follado?
-Dímelo tú.
-Simplemente porque estabas ahí.
-Tu y yo sabemos que no eres tan duro.
-Me gustas mucho, pero no salgo con ladronas.
-Detrás de ese cabrón con pintas que te has inventado hay un buen hombre. Yo he sido siempre una mujer mimada y consentida por unos cuantos hijos de puta que han visto en mi a la mujer de su vida.
-Siempre amáis a los hijos de puta.
-Perdí la virginidad a los quince años. Cuando escapé a Nueva York sólo quería ser la mujer de un millonario. Luego conocí a unos cuantos.
-Y te los follaste a todos.
-Eres un hijo de puta.
-Sí, pero tu ya no eres la mujer de mi vida.

Las palabras del panadero


La última vez que escribí era lunes. Después cerré los ojos y me sumí en un letargo. Los hombres sin corazón pueden hibernar. Permanecer fríos como un lagarto. Ya han pasado cinco días. Durante todo ese tiempo traté de olvidar a Ava. Pensé que dormir sería una buena forma de enterrar su recuerdo. Me equivoqué. Sólo conseguí convertirlo en una pesadilla.
Cuando abrí los ojos ya era sabado y llovía. Llovía mansamente y era como si aquel orvallo hubiera borrado de la ciudad todos sus crímenes. En plena espesura de mi sueño, en el crisol donde todos los valores quedan reducidos, apareció Henry, con sus gafas, su sombrero y su gabardina. Me lo encontré en la calle, apoyado sobre la pared de un café. Me invitó a una copa. Quería hablar de libros, de mujeres, de vino.
-Mi único consuelo es que Cervantes, Rousseau y Proust no eran más jóvenes que yo cuando empezaron a escribir.
Henry se sentía perseguido por la edad. Vagabundeaba por Clichy, como un perro viejo, sucio y sarnoso que sólo ansía escribir. Siempre me gustó Henry. Era capaz de pasarse una tarde en el café emborronando páginas y páginas de un modo irritante, silencioso y compulsivo. Cuando dejaba de escribir, bebía del mismo modo hasta que el alcohol y el hash lograban borrar las pupilas de sus ojos.
El estilo de Henry era lo más parecido al jazz. No se conocieron, pero estoy seguro de que John Coltraine hubiera sido un gran amigo para él. Nada de lo que escribía tenía orden porque todo lo que escribía apuntaba a veinticinco direcciones distintas. Cuando leí Sexus, tuve la impresión de estar escuchando A love supreme. Todo pasaba a través de Henry como una locomotora que te arrastraba hacia el abismo.
-Debes ser el único hombre en arriesgarlo todo para decirlo todo. No debe haber límites.
-¿Cómo demonios quieres que escriba si no soy capaz de saber lo que haré dentro de media hora?
-Escribe sin saber para qué.
Miller era lo más parecido a un loco capaz de encontrar diamantes en un mojón de mierda. Era lo más parecido a un panadero. Porque escribir era meter las manos en la masa, mancharse de harina y dedicarle a todo eso las mejores horas de la vida.
-Tu problema es que estás enamorado. Mala cosa, muchacho. No se puede ser un romántico el lunes y un hijo de puta el sábado. Si quieres hablar del amor deberás ser un cabrón toda la semana, pasarte una larga temporada con la picha tiesa.
Sus palabras surgían de un modo involuntario. Todo estaba allí. Bastaba que abriera la boca para que todo saliera por su propio impulso.
-Los niños no escriben porque son inocentes. Tu y yo lo intentamos porque somos culpables. Has empezado este diario para encontrar tu corazón, pero yo creo que realmente lo haces para expulsar el veneno que llevas dentro.
-Yo no sé si la literatura es un exorcismo.
-Es algo mucho peor. Es la mejor forma de envenenar el mundo. Pero no te engañes. Nadie necesitaría escribir si tuviera la valentía de vivir a la altura de lo que cree. En realidad, somos bastante cobardes.

lunes, 27 de julio de 2009

"Cabecitas locas, boquitas pintadas, corazones solitarios"


Me lo dijo Paco. Vives un drama, pero hace mucho tiempo que el mundo se deshizo de él. De modo que me desnudo de dramas, porque para que tengan sentido uno debe terminar lanzándose por la ventana. Y sólo pensar en el suicidio ya me cansa.
Repaso mi vida sentimental y descubro que las últimas mujeres a las que amé estaban más cerca de la menopausia que de su primera regla. Ava, Eva y Lola. Lo pienso y veo que todas ellas son una antología de cabecitas locas, boquitas pintadas y corazones solitarios. Lo observo con humor, con ironía. Me río de mi mismo porque en la risa está mi salvavidas. Pero también sé que la ironía es el paso alegre hacia la tristeza. Y eso es lo que me pasa desde que ví por última vez a Ava, el animal más hermoso del mundo: transito hacia la tristeza con paso firme y certero, sin posibilidad de dar marcha atrás. Y yo en pijama.
-Guardas luto por la ignorancia y el absurdo.
-No te pongas estupendo Paco. Tu, que tanto has amado.
-Yo he follado mucho. No es lo mismo.
-Yo no he follado tanto, pero sé que me dejé el corazón olvidado en alguna cama y ahora camino más muerto que vivo, sin saber muy bien a dónde ni hasta cuándo.
-Follar suma vida, añade vida, multiplica la vida. Quédate con eso si quieres y haz lo que te dé la gana.
-Eso me lo contaste la última vez que nos vimos, y la muerte ya se había quedado entonces a dormir en tu dacha.
-Uno ha querido acostarse con todas las fulanas, incluso con ésa.
-Nunca hiciste distingos, pero últimamente sólo pensabas en el cielo azul viagra.
A Paco sólo lo quería su mujer y su gato. Había descuartizado un siglo a base de memoria y columnas, había iniciado su largo viaje de derechas y para ese viaje ya no tenía suficiente salud. Umbral se había cobijado en las sospechas, se había convertido en un profeta de la duda, pero me había enseñado a escribir y por eso yo lo respetaba. Ahora era un fantasma que aparecía en mi viaje de profundis, con su bufanda blanca, su abrigo eterno y una melena blanca y deshilachada. Todavía le sigo echando de menos.
Mi problema es que, hasta ahora, había estado enamorado de una ruina. No se puede vivir eternamente abrazado al crepúsculo, ay.

domingo, 26 de julio de 2009

"Tienes un imán en la polla"


Yo amaba lo honradez de su cuerpo. Me lo dijo Belushi, tumbado sobre el banco de la calle, consumido en cocaína, mientras arrastraba otra vez su nariz, siguiendo el rastro de una raya.
-Los cuerpos son honrados.
Yo le respondí entonces que amaba la honradez de su cuerpo, del cuerpo de Ava, aquel misterio que aparecía y desaparecía como una leyenda. Lo peor de todo es que aún tenía la esperanza de que Ava también amara el mío.
-El amor es una insurrección. La gente ya no sabe lo que es el amor. Por eso amar es realmente revolucionario. Yo amo a mi mujer sobre todas las cosas, Guillot. La amo más que la música, más que el cine, más que toda esa banda de traidores que me adulan. Y también sé que ella me ama a mí. Lo veo con claridad. Judi también me ama. Y lo sé porque llora como una viuda cada vez que ve mi cadaver sobre la cama.
-El amor es un género literario, John. El amor es lo que sucede después de echar un polvo y tu hace mucho tiempo que no follas con tu mujer.
Belushi trató de recomponer su cuerpo después de esnifar los últimos copos de nieve. Se sentó como un oficinista al llegar a su trabajo. Se atusó el sombrero. Se colocó las gafas y después me dijo:
-Tu problema es que tienes un imán en la polla que atrae a todas las locas de este loco mundo. Acabarás tan loco como ellas y después, después todo será tarde. No pierdas más oportunidades.
John tienía un tipo de inteligencia, de conocimiento, que no provenía de la literatura, sino del instinto. Era una animal americano, salvajemente cínico, completamente incontrolable. Inocente por momentos y siempre inquietante. Las palabras de Belushi procedían del fondo de Gijón, ascendían de un infierno recalentado y feliz. No sabía si era un ángel o un demonio. En cualquier caso, aquel gordo sonriente hablaba con la vanidad de un dios menor.
Yo sólo quería beber un poco más. Los recuerdos también sangran y por más que lo intentemos, la manchas de sangre no se borran nunca de la memoria.
A la mañana siguiente, vi mi calavera en el espejo. Recordé las palabras de Chandler. Comprendí que estaba muerto. Por mucho que deseara amar a Ava, me faltaba un corazón.

sábado, 25 de julio de 2009

Vacío y sin estilo


Se lo dije a Chandler. Ava llegó al club fumando hash envuelto en bolleré. Apareció cubierta de humo, llena de foulares de humo y resina que hacían más frondosa, enferma y clara la noche. De modo que me invitó a unas caladas y después nos fuimos a su casa, sin decirnos nada, como si allí, lo que nos deparaba, fuera la ejecución de un crimen.
Cuando regresamos a casa, el sol ya calentaba y una brisa débil agitaba la hierba. Entró despacio y se quedó quieta, a los pies de la cama, enseñándome su espalda, esperando que mis manos la desnudaran. Ava se inventa todos los días. Es una mujer experimental. Nace cada día. Siempre es otra. Está moldeada por el azar.
-Siempre me atrajo tu seriedad, me dijo.
-Ser féliz es una fatiga. No tengo suficiente fuerza como para sostener todo el día la misma sonrisa.
-Es mejor que estés callado. Conmigo no hables como si fuera el tema de tu columna.
-Todo lo que vivo suena como algo desechado por un auténtico escritor.
-Lo que pasa es que nunca has estado enamorado.
-Tu tampoco y, sin embargo, aquí estamos, tratando de hacer algo que merezca realmente la pena.
-Ni siquiera sabes a dónde ir.
-Y tu sí?
-Yo sí.
Sentí un vacío plano. El vacío que el alcohol no es capaz de rellenar en toda una noche. El vació de quien no consigue amar ni ser amado, el vacío de un tipo al que ya no se le ocurre nada. Me pregunto cuántos hombres hay en este mundo que caminen vacíos, afligidos, adictos a la nada, esforzándose por salir de una trampa que se han fabricado ellos mismos. Ni siquiera es dolor. Es vacío y no hay pastilla que lo atenúe.
Se lo dije a Chandler: Me siento vacío y sin estilo. Entonces es que estás muerto, me respondió.

jueves, 23 de julio de 2009

A un animal divino


Venida a través de tanta locura,en este verano húmedo y sentimental, vestida ella de portada del Cosmopolitan, tatuada de misterios, venida a mi establo a través del remolino que trae el Facebook, de pronto, posó ante mi como un animal divino. Andaba yo buscando ideologías, estatua de mi mismo, pensamiento de piedra, andaba yo buscándome la vida como un equilibrista sobre el alambre fino, cuando, a lomos de sus deseos, me plantó en el corazón mismo de las ciudades, tupido, cachondo y revuelto. Y así, pulido el oxido de los días con su fotografía de tanto mirarla, desnudo yo de palabras, completamente enmudecido, respondí a su gemido con otro más profundo.
Si me había enganchado a Ava fue porque siempre me fascinaron las mujeres que después de follar se ponían las gafas de leer para buscar las bragas.
No sabía yo que lo que más excitaba a Ava era un gesto serio, una buena bofetada, no sabía yo que los mejores deseos se cumplen ante hermosos espejismos que siempre acaban en nada. De modo que trato de quitarme esta absurda y excitante locura que es Ava con la vieja de la farmacia y un par de pastillas.
-Trae receta?
-Pues va a ser que no. Pero es por Ava. Acaso no le suena?
-Alguna menor?.
-Tiene casi un siglo. Es el animal más hermoso del mundo.
-A ti lo que te pasa es que eres un sentimental de mierda que aún vive de los mitos.
-La mitología es anterior a la democracia. Todos venimos a este mundo paridos por un mito.
-Pues si quieres escribir sobre el amor, arráncate los ojos. No se necesitan ojos sino ideas en la cabeza para distinguir la realidad del deseo.

lunes, 6 de julio de 2009

Palabras para un viejo maestro


Qué extraño se vuelve el mundo a medida que envejecemos, qué complicada es la trama de los vivos y los muertos. El dolor es, quizá, el hilo de oro que nos une a la muerte. Juan Ramón Pérez Las Clotas se ha convertido en un explorador de esa muerte entre los gritos del viento y la ola.
Viejo periodista ya sin batallas, cómplice de la historia, delator de lo bueno y de lo malo a lo largo de más de cincuenta años de tinta china sobre la cara blanca de un papel refugiado en el frío congelador de las hemerotecas.
Aprendí de Clotas la elegancia de escribir. Al periódico se va a matar o a morir, pero siempre con elegancia. Esa es la actitud, el dogma de fe que uno jura el día que firma su primera columna, su primera noticia, su primera palabra en un periódico.
Qué distinto el periodismo, cuando se hace de verdad, qué diferente la vida, cuando el placer reside en un martini al mediodía y unos cuantos whiskis a la hora incierta del anochecer.
Con Juan Ramón algunos aprendieron a pensar, otros a escribir y otros a beber. Por mi parte, creo que supe conjugar los tres verbos. Y en el frontispicio de la puerta, la lealtad jurada por siempre. Un abrazo, maestro.

jueves, 25 de junio de 2009

Carta a una prostituta: la cosa económica


Estaba yo con los colegas en la barra del bar, amor, que estabamos comentando la cosa económica, en Gijón mayormente, tu ya sabes, que en los papeles ha salido que cada día hay menos ricos y que el Parlamento, al final, se ha salido con la suya, y no pagarán más impuestos. Lo cual me parece a mi que está bien visto, pues uno no es nadie sin un rico al lado.
Antiguamente, cuando las pelis de Berlanga eran en blanco y negro, había que poner un pobre en la mesa. Pero ahora, en pleno siglo XXI, lo que necesitamos es un rico. Por eso estoy pensando en irme a vivir a la capital, que allí, dicen los que saben de esto, hay unos cuantos ricos abandonados que siempre comen solos porque nadie los quiere. Ay. En cualquier caso, hay menos ricos pero si hay más pobres. Un 25% del personal ya no cobra paro. Caritas se está atiborrando de pobres. Ya ves, son unos egoistas.
De todos modos, yo tengo pensado irme una temporada a Italia. Tu ya sabes, amor, Roma nunca estuvo tan revuelta desde los tiempos de Calígula. Por lo visto, Il Cavalieri se lo monta con unas cuantas fulanas en su mansión. Whisky, farlopa, pacharán y puros. No falta nada. Al parecer, don Silvio tiene predilección por las lolitas, como Nabokow, o sea, que el primer ministro es un menorero como esos clientes que tu conoces cuando paseas por la Casa de Campo.
Te dejo, corazón. Está llamando un rico a mi choza. Tu ya sabes que te quiero. Un beso muy fuerte, tuyo, para siempre, Víctor Guillot

lunes, 22 de junio de 2009

Quitarse el burka


Lo ha dicho Sarkozy: hay que quitarse el burka. Yo no sabía que en el barrio de Clichy, el mismo que me descubrió Henry Miller en sus libros, las mujeres caminaban ocultas tras un burka afgano.
De pronto, aparece el burka en tu vida y Sarkozy reune en Versalles a la Asamblea y al Senado para decirle al personal que lo va a prohibir. El redactor de Le Monde se apresura a anunciarlo en un titular a cinco columnas y todos los medios de comunicación se disponen a publicarlo a lo largo y ancho de este mundo. Sin lugar a dudas, es un golpe de efecto que devuelve a Sarkozy, a falta de socialismo, al lugar que le corresponde: la revolución francesa y el bonapartismo.
El burka expone la invisibilidad de la mujer y lo cierto es que en París, antes que en cualquier otro lugar, ninguna mujer debe ser invisible. Quien se pasea por Saint Germain debe saber que está pisando en la galaxia de Occidente.
El burka no es sólo una vestimenta, es un objeto litúrgico que escribe sobre el cuerpo de una mujer su condición de sierva. Tiene razón Sarkozy, el derecho a vestir el burka no es un derecho religioso sino una servidumbre que anuncia la propiedad de otro.
En la Francia de Voltaire no hay espacio para los fundamentalismos, quizá porque todo fundamentalismo es el éxtasis de la ignorancia.

sábado, 20 de junio de 2009

Como una moto


En los lujosos hoteles de Sunset Boulevard cuelga una foto del gran cómico John Belushi. Murió a los treinta y tres años en 1981 como un bólido lanzado al abismo. Detrás dejaba una gran antología del blues, los mejores gags del humor americano y unas cuantas pelis que desmadraron a toda América.
Las drogas dejaron un cuerpo vacío que había engordado con el sucio show business del cine y la televisión. A través de la biografía de Bob Woodward, el gran periodista republicano que empujó, junto con el brillante reportero Carl Berstein, al presidente americano Richard Nixon hacia el precipicio de la infamia y la dimisión, descubrimos que detrás de las cámaras y los focos de un plató, la vida de Hollywood o Nueva York está plagada de vividores, matones, traficantes y policías corruptos.
Por las candilejas del cine también deambula el crimen. A lo largo de las 525 páginas de este libro publicado por la editoria Papel de líar (¡cómo me gusta este nombre!), se pasea Dan Aykroyd, su hermano del blues, Spielberg, Jack Nicholson o Robin Williams. Juergas, resacas y pensiones ocuparon el tiempo libre de Belushi cuando no trabajaba en el plató o escribía los guiones del mítico y subversivo Saturday Night Live.
Como una moto. La vida galopante de John Belushi es un magnifico reportaje publicado en 1985 que llega a las librerías españolas veintitrés años después. La primera y la última vez que Woodward decidió escribir sobre algo que no ensuciara las paredes impolutas de la Casa Blanca. Qué grande es América y qué grande fue Belushi.

jueves, 18 de junio de 2009

Calvin Klein contra la desnudez.


De pronto mira uno a la pared y se encuentra con una orgía. Esto es lo que han pensado los neoyorquinos cuando alzaron la vista ante la fachada de un edificio de la Quinta Avenida y contemplaron un hermoso cuarteto semidesnudo reposando sobre un sofá. La novedad no es la desnudez ausente en el cartel publicitario , sino las actitudes de los efebos y la ninfa protagonistas, los jeans apretados, los torsos desprotegidos y una pretensión de follar languidamente con la mirada distraida.
Hubo un tiempo en el que las feministas se escandalizaban/masturbaban ante cualquier uso comercial de la mujer objeto. Cuando apareció el primer hombre objeto, hace unos años, con todo su aparato genital al aire, nadie dijo nada. Con lo dificil que es reproducir un pene despreocupado. Ahora, hombre y mujer comparten la desnudez, o esta semidesnudez que peca más por lo que oculta que por lo que muestra.
La fotografía ayudó mucho a superar los límites del desnudo en la pintura. Sobre todo el desnudo masculino. Lo sabe muy bien Oscar Tusquets, gran arquitecto, diseñador y ensayista que se ha dedicado a hablar sobre el cuerpo y el arte en su estupendo libro Contra la desnudez (Anagrama, quién si no). "Es verdad que David Hockney, Robert Mapplethorpe y otros artistas han afrontado este desafío con coraje y brillantez, pero estas experiencias han quedado circunscritas a galerias y publicaciones de Arte. No han llegado nunca a la masa" nos dice en sus páginas finales, donde pone de relieve el escándalo que produjo la imagen de un hombre desnudo en un anuncio de Ives Saint Laurent. Estas manifestaciones artísiticas no eran peligrosas para la moral. Sin embargo, la llegada de Oliviero Toscani para Benneton y su pasión por las pollas y los coños anónimos, permitió superar esa barrera.
Ahora, con estos muchachos que posan a la manera de Giotto, uno descubre que el erotismo sigue siendo más peligroso que el porno, que la actitud expresa un pensamiento y que un pene suelto sólo enseña la naturaleza real de un mono.